Semana 7. 49/316
Simeón.

Para despejar las vías nasales de elementos extraños, la musculatura del aparato respiratorio se coordina para generar un complicado y asombroso proceso que conocemos como estornudo, que no es otra cosa que la expulsión violenta de aire comprimido. De este modo, las partículas que se han colado en la nariz salen disparadas a 170 kilómetros por hora, es decir, mayor velocidad que los vientos huracanados. Claro que esto es una simple brisa comparado con la tos, pues en un movimiento convulsivo el aire alcanza los 900 kilómetros por hora al pasar por la garganta.

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Semana 7. 48/317
Alejo.

Aunque a veces se confundan “paté” y “foie-gras” no son términos iguales. El paté es una pasta comestible hecha con carne o hígados picados y sazonada con especias. Deriva de la palabra francesa “pâte”, que significa “pasta”. Su origen está en la Edad Media cuando la hacían los pasteleros. Antiguamente en la Corte Francesa se cuidaban mucho su presentación y se ofrecía en forma de figuras de animales o seres fantásticos. El “foie-gras”, en cambio, del francés “foie” (hígado) y “gras” (graso), es sólo el hígado del animal conservado en su propia grasa.

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Semana 7. 47/318
Onésimo.

Los griegos ya conocían el «yo-yo» hace 2.500 años, hecho de madera o terracota y decorado con dibujos de sus dioses. No todas las culturas le han dado el mismo uso: hasta hace 400 años, los filipinos lo utilizaban como arma. Entre otros ilustres, cuentan que Napoleón era un gran aficionado y que llegó a ponerse tan de moda en la época que se construyeron réplicas de oro para los ricos.

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Semana 7. 46/319
Faustino.

En Abisinia, antiguo nombre de la actual Etiopía, las vidas de sus habitantes dependían del emperador: un perro. Si el animal estaba contento era señal de que el país estaba siendo bien gobernado pero, si ladraba a algún sirviente o visitante, éste era condenado a muerte.

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Semana 7. 45/320
Valentín.

El eclesiástico Valentín vivió una Roma de época convulsa y llena de intrigas, gobernada por el emperador Claudius. Las ansias de conquista de éste le llevaron a una constante actividad guerrera para expandir el Imperio.

Pareciéndole que los soldados casados se debilitaban por querer estar con sus familias, les prohibió el matrimonio. El edicto imperial afectaba a todos los hombres jóvenes, es decir aquellos que debían servir al ejército romano.

Pero el religioso Valentín, comprometido con la causa del amor y resuelto a servir a su Dios hasta las últimas consecuencias, decidió por su cuenta y riesgo eludir la prohibición del emperador y continuar casando a las parejas que lo desearan.

Aunque trataba de ser discreto en las ceremonias, que se celebraban clandestinamente, su fama fue extendiéndose inevitablemente por toda Roma. Finalmente, su actividad de casamentero fue descubierta y el emperador mandó que lo encarcelaran, fue condenado a muerte para que sirviera de ejemplo al clero.

Y aquí empieza la leyenda del santo. El carcelero que lo custodiaba, viendo que Valentín era un hombre de vasta cultura, le llevo a su hija Julia (una bella e inteligente joven, ciega de nacimiento) para que la instruyera en la historia de Roma y la aritmética. El clérigo no desaprovechó la ocasión de hacer proselitismo religioso y pronto Julia se convirtió a la fe cristiana y pasó a ser su fiel discípula.

Un buen día, dicen, se produjo el milagro que le valdría al sacerdote su posterior canonización: la joven recobró la vista. En la víspera de su muerte, Valentín le escribió a Julia una carta pidiéndole que se mantuviera siempre cerca de Dios. Finalmente, el eclesiástico fue ejecutado el 14 de febrero del año 270.

Cuenta la leyenda que Julia plantó junto a la tumba del santo un almendro que daba flores rosadas. Por eso hoy el almendro es símbolo de amor y amistad duraderos.

Dos siglos más tarde, su fama no se había extinguido en la Roma ya cristianizada: así fue como, en el año 496, el papa Gelasio I lo canonizó e instituyó el 14 de febrero como día de san Valentín.

Esta festividad católica vino a sustituir, de hecho, a una antigua tradición de origen romano, que se celebraba el 15 de febrero: las fiestas Lupercales o de Lupercalia, con las que Gelasio I quería acabar, por considerarlas paganas y lujuriosas.

Los jóvenes romanos ponían en una urna los nombres de las muchachas casaderas del lugar y luego se extraían los nombres al azar. Las seleccionadas se unían por un año a los hombres que las habían escogido.

Después de que la Iglesia católica reemplazara las fiestas de Lupercalia por el día de san Valentín, el viejo rito, lógicamente, se transformó en otro más acorde con la religión y la moral cristianas: ahora, lo que retiraban los jóvenes de la urna era una tarjeta con el nombre de algún santo o santa, ya no el de una mujer de carne y hueso. De este modo, les tocaba en suerte rezar y servir durante un año al santo elegido en esta lotería:

Muchos historiadores enlazan las fiestas de Lupercalia con otros ritos muy similares, próximos en su fecha de celebración e igualmente relacionados con el amor. Por ejemplo, la antigua costumbre de los británicos era, igualmente escribir, nombres de
mujeres en pedazos de papel, echarlos en una jarra y sacarlos por turnos: las afortunadas debían ser agasajadas por los hombres con diversos regalos y atenciones

A partir de estos remotos antecedentes, el día de san Valentín se ha festejado de uno u otro modo en todo el mundo. En el Reino Unido existe, por ejemplo, una curiosa tradición: las mujeres solteras deben levantarse ese día antes del amanecer y quedarse ante una ventana, en espera de que vean pasar a un hombre; el primero que vean se casará con ellas durante ese año.

También fue costumbre, allá por 1700, que la mujer escribiera en papeles los nombres de sus pretendientes, los enrollara en trozos de arcilla y los metiera en agua: el primer nombre en emerger era el de su amor.

En Dinamarca, una de las costumbres más extendidas por san Valentín es la de enviarse, a título de amistad, flores blancas prensadas, llamadas gotas de nieve. A su vez, los hombres daneses envían cartas de amor (y también de aprecio) denominadas Gaekkebrev, en ellas escriben una rima en el lugar del remitente, pero ésta no va firmada con su nombre sino con una serie de puntos, uno por cada letra del nombre del emisario. Si la mujer que recibe la misiva es capaz de adivinar quién la envió, el hombre debe recompensarla con un huevo de Pascua…y quién sabe si algo más.

Un aspecto que a veces se olvida de la fiesta de san Valentín es el referido a la amistad. En Estados Unidos, Canadá y Reino Unido, los niños intercambian tarjetas de felicitación con saludos cariñosos, chistes o críticas que, al igual que los que se dedican los adultos, se conocen como “valentines”. En algunas escuelas colocan todos los “valentines” en una caja previamente decorada para la ocasión y, al final del día, los maestros distribuyen las tarjetas.

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Semana 6. 44/321
Benigno.

Hasta hace unas cuantas décadas era habitual ver en las ferias pulgas amaestradas que tiraban de carritos o disparaban cañones. La clave para lograrlo era mucha paciencia y que las pulgas olvidaran desplazarse a saltitos. Acabada la función, el domador las colocaba en sus brazos para que le hincasen el diete y repusiesen fuerzas.

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Semana 6. 43/322
Eulalia.

Los americanos consumen 17.000 millones de bolsas de palomitas al año. Unas 68 bolsas por persona.

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Semana 6. 42/323
Lourdes.

Antes, cuando una mujer judía era condenada por adulterio, los sacerdotes le condenaban a beber una pócima con cal viva. Sin embargo, casualmente si la adultera era joven y agraciada solían errar las medidas y en vez de provocarle la muerte apenas sufrían algunos retortijones. Para enmendar su “error” los jueces se “sacrificaban» y era costumbre que se quedaran con ellas como sirvientas.

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Semana 6. 41/324
Escolástica.

El bodegón español más caro de la historia es un cuadro del granadino Juan Sánchez Cotán (1560-1627), titulado “Bodegón con cardo y francolín”, vendido en Christie´s por casi seis millones de euros.

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Semana 6. 40/325
Apolonia.

La poca estatura de Napoleón hacía que incluso tuviera dificultades para alcanzar un libro en una estantería. Cierto día y al ver que no alcanzaba a coger uno de muy alta, su ayudante le dijo: “Permítame, sire, yo soy más grande que su majestad”. A lo que Napoleón indignado contestó: “No, Marshall. Tú sólo eres más alto”.

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